Los condenados de la Primavera Árabe

Propaganda partidista, intereses estratégicos y el miedo al terrorismo global no permiten enmarcar dignamente en la memoria histórica la inmolación de Bouazizi y la Primavera Árabe. Un dia como hoy hace 5 años. Aqui en El Espectador:

Al final de octubre un empleado de las aduanas tunecinas se inmoló por protesta en la ciudad de Monastir, apenas unos días después de que en Sfax un vendedor informal de cigarrillos hiciera lo mismo. En los mismos días un joven campesino de Sidi Bouzid, acusado de ser un espía del ejército tunecino, fue degollado por una facción aún desconocida de militantes islamistas. Trágicos episodios de frustración, ausencia del Estado, corrupción y abusos de poder que ocurrieron todos en el sur de Túnez a poca distancia de donde el 17 de diciembre de 2010 se inmolaba Mohammed Bouazizi, el vendedor de fruta que con su radical gesto desató una primavera de protestas en toda la región de Medio Oriente.

A distancia de cinco años ya no está de moda hablar de la Primavera Árabe, se ha casi vuelto un tema tabú que es mejor eludir. Defender las revueltas comporta a menudo recibir acusaciones de ser “agentes del imperio” y la gran mayoría de la opinión pública sólo es capaz de relacionar este movimiento espontáneo con el surgimiento de ISIS y el terror global en su más actual representación. Nada más lejano a la realidad.

La Primavera Árabe sigue dividiendo, dentro y fuera de la región. Por un lado quedan unos pocos, aniquilados por la evolución de los eventos y doblegados por los ingentes recursos de las fuerzas contrarrevolucionarias, que quieren mantener firme en la memoria histórica las nobles ideas que en el principio enmarcaron estos movimientos populares en todos los rincones de la región. Al otro lado se encuentra la sofisticada propaganda de aquellos que se eximen de entender en su complejidad los acontecimientos ocurridos, por razones que más tienen que ver con intereses estratégicos o supuestas posiciones ideológicas, sean de izquierda, de derecha, conservadoras, hegemónicas o contrahegemónicas.

Estos últimos, para despistar de las causas estructurales y políticas de las revueltas, son los que ahora utilizan el cambio climático como uno de los factores fundamentales en provocar la sublevación en Siria, o los que intentan blanquear los movimientos de protestas reduciendo todo únicamente a la recurrente manipulación de los Estados Unidos. También afirman que es necesario colaborar con el clan Asad para derrotar el ISIS. Una organización militar paraestatal que, si miramos su evolución a largo plazo, tanto los Estados Unidos, como Irán, Turquía, los países del Golfo y la misma Siria, han manipulado por sus intereses estratégicos y ayudado a establecerse en la región, por lo menos desde 2003 con la invasión y ocupación ilegal de Iraq por parte de Estados Unidos. No obstante estén actualmente todos en contra de este gran nuevo enemigo común de la humanidad, siguen jugando ajedrez con él y utilizándolo con fines diferentes el uno contra el otro.

Todas estas alegaciones y herramientas favorecen la amnesia colectiva sobre el sentido y las ideas detrás de las revueltas que empezaron en diciembre de 2010, intentando disminuir el alcance de aquellos eventos, y ponernos frente a la falsa pregunta de decidir qué partido tomar en el conflicto actual en la región. Un juego que hace cómodo a las élites políticas, a los países que a nivel internacional tienen intereses geopoliticos y que, siguiendo en un continuo con el pasado, quieren que la región se mantenga gobernada por regímenes autoritarios amigos capaces de controlar la población.

Unas técnicas que nos hacen olvidar a los verdaderos protagonistas de esta tragedia, la población, condenada a seguir replicando como el día de la marmota si escoger el silencio con nuevos o viejos regímenes opresores, ponerse en las manos de unos yihadistas pseudorrevolucionarios o esperar la ayuda de una comunidad internacional que quiere mantener un modelo económico establecido, corrupto y desigual, y una relación de vasallaje con estos países.

Los condenados de la Primavera Árabe que aún siguen con vida están llenando las cárceles de Egipto por haber denunciado el régimen militar, están desaparecidos sin rastros en las mazmorras del régimen sirio por haber organizado protestas pacíficas, se fueron en exilio a Turquía por denunciar el nefando Estado Islámico, se autoexiliaron de los países del Golfo para evitar una decapitación legal, o están buscando refugio en Somalia para escapar los bombardeos indiscriminados y silenciosos sobre Yemen. Algunos se han asentados en Europa intentando seguir el rumbo con el activismo virtual.

Los verdaderos actores de estas sublevaciones, la gente del común, sigue siendo víctima de una política global de la zanahoria y el garrote. Por un lado toma las portadas del Time, recibe premios Nobel y solidaridad a intermitencia según la agenda de los medios. Por el otro, el garrote, o sea mantener intactas las misma condiciones que existían hace cinco años. Razones y causas políticas que afectan los estratos más frágiles del sistema, especialmente la población de más bajos recursos, los desempleados y olvidados.

Por eso hay que celebrar el gesto final de Bouazizi el 17 de diciembre, y no la caída de los varios regímenes políticos, reemplazados donde fue posible por nuevas élites y clanes que siguen olvidando lidiar con las razones estructurales de las revueltas. El enfoque de cualquier discusión sobre la Primavera Árabe, y las posibles soluciones a la crisis actual, que ya tiene un alcance global, debe volver a centrarse sobre las reivindicaciones de la población y reconocer en la memoria histórica el verdadero valor de los eventos que empezaron en 2010.