Guterres: lo que le espera en la ONU

Dar más peso a las resoluciones del organismo, avanzar en equidad de género y reformar sus contingentes de paz, son tres de los objetivos del nuevo secretario general. Conflictos en África y Siria son prioritarios. Mi articulo por El Espectador sobre los retos de Naciones Unidas más allá del baile de los verificadores durante noche vieja:

Empezar con un nuevo trabajo, una lista de buenos propósitos y retos que enfrentar, es lo que muchos nos planteamos en estos primeros días del año. Para António Guterres, el nuevo secretario general de la Organización de Naciones Unidas (ONU), que se instaló el primer día del año, el trabajo de reformar la institución por excelencia de la gobernanza mundial no se ve fácil en el horizonte.

De él se dice que es un hombre capaz, probablemente el mejor secretario que Naciones Unidas haya podido nunca tener. Allí mismo va su primer reto: balancear una institución que profesa la igualdad de género pero que no ha tenido nunca, en sus 71 años de existencia, una mujer como secretaria general y donde la gran mayoría de sus puestos más importantes están ocupados por hombres.

No es este el único reto. Después de años de estériles intentos de resoluciones sobre el conflicto israelí-palestino, Naciones Unidas ha vuelto a llamar la atención general a final de año con la aprobación de una resolución contra los imparables asentamientos ilegales israelíes dentro de los confines del futuro Estado palestino. Una resolución tildada como histórica, esta vez posible únicamente gracias a la abstención de Estados Unidos, y que intenta volver a poner en la agenda mundial la solución de este largo conflicto sin alguna aparente salida cercana.

Una resolución que hizo llover fuertes críticas y amenazas hacia la institución por parte de Israel y muchos lideres políticos en todo el mundo, incluso el futuro presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Aparte de la cuestión palestina, el reto para Guterres es volver a dar más peso a las resoluciones de la institución y encontrar una forma más fluida para la implementación de sus decisiones. Y que al mismo tiempo vaya más allá del obsoleto Consejo de Seguridad que lo rige y que ya no representa la repartición del poder político mundial.

Además de reformas estructurales, también hay cuestiones más concretas por enfrentar. En las primeras horas del nuevo año, muchos en Colombia se escandalizaron por unos videos que retrataban observadores de Naciones Unidas bailando con miembros de las Farc durante los festejos de Nochevieja. Aparte del inocuo baile, seguramente poco profesional por parte de los neutrales verificadores internacionales, Naciones Unidas tiene tareas más retadoras adelante: necesita en primer lugar reformar sus contingentes de paz en el mundo.

Contingentes de más de 100.000 efectivos que actúan en 16 países en situaciones de conflicto o posconflicto. Allí está otra incongruencia de esta institución. Desde 2008, según la misma Naciones Unidas, se registraron más de 700 casos de abusos sexuales perpetrados por miembros de sus fuerzas de paz internacionales. ¿La razón? A menudo los contingentes están compuestos por militares que se mancharon de crímenes en su propia tierra o estuvieron al sueldo de regímenes autoritarios. Al contrario de lo que parecería más oportuno, hacer parte de las fuerzas de paz de Naciones Unidas en muchos países es una forma de recompensa.

En Burundi, por ejemplo, un miembro del ejército nacional gana en promedio US$500 al año, mientras que como parte de un contingente de paz puede alcanzar los US$12.000. La incapacidad de salir de este círculo vicioso es sintomático de su impotencia. De hecho el precedente secretario general, Ban Ki-moon, se despidió de su cargo con tímidas disculpas por haber llevado el cólera a Haiti a través de los contingentes de paz, empeorando la situación en un país ya fuertemente afectado por las catástrofes naturales de los últimos años.

Más reformas necesita esta institución imperfecta, sumamente burocrática, muy criticada, pero capaz de todas formas de mediar en situaciones de conflicto o intervenir como puede durante las peores tragedias humanitarias. Pero por el momento no hay nada mejor que cumpla las mismas funciones de gobernanza mundial. ¿Será finalmente el 2017 el año en que asistiremos a una revolución en el palacio de vidrio?

En ese caso, tendrá que ser primero una revolución burocrática. Sin olvidarnos de que Naciones Unidas es en gran medida una institución compuesta por Estados, y que basa su existencia en los fondos que les otorgan estos mismos. Si los estados miembros deciden congelar su financiación, como en parte está ocurriendo, en vez de apostar por su reforma, el salto al vacío podría hacernos añorar esta institución a veces aparentemente inútil y dispendiosa, pero única por el momento. Hay retos para todos.