Venezuela no es Siria

Muchos comparan las manifestaciones contra Bashar al-Asad en 2001 con las actuales contra Maduro. No hay comparación.

En 2005, Hugo Chávez y el expresidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva empezaron a poner las bases para una mayor cooperación entre América Latina y el mundo árabe a través de la cumbre América del Sur – Países Árabes (ASPA).

Para Chávez, lo que les unía era el gran ideal de emancipación del sur global, sobre lo que construyó un sólido eje geopolítico mundial. Chávez visitó varias veces Teherán, Damasco y Trípoli, mientras que Ahmadinejad, Al-Asad y Gadafi viajaron a Caracas y recorrieron los otros países latinoamericanos de la alianza bolivariana.

Cuando estallaron las sublevaciones en 2011 en varios países árabes, Caracas decidió apoyarlas en un primer momento, para luego darles la espalda y apoyar a los gobiernos árabes amigos que estaba sufriendo las protestas de sus poblaciones.

De acuerdo con lógicas de la geopolítica internacional, desde las instituciones venezolanas se empezó a asumir la narrativa gubernamental siria de la intervención imperialista en el mundo árabe y de tildar las movilizaciones populares como “grupos terroristas”.

En la misma lógica geopolítica, esta narrativa comenzó a aplicarse a la actual crisis en Venezuela, fomentada por posibles similitudes, pero insostenible a largo plazo. En la recién entrevista concedida a Telesur, el presidente sirio, Bashar al-Asad insinuó una similitud entre lo que ocurrió en Siria en 2011 y las actuales protestas en las calles venezolanas. Al-Asad describió la situación en Venezuela como un intento por parte de Estados Unidos de derrocar al gobierno de Maduro y donde, al igual que en Siria, las aparentes manifestaciones pacíficas en las calles de Venezuela representan en realidad sólo un intento de provocar una intervención extranjera con la complicidad de los medios occidentales.

Acusaciones que no encuentran mucho respaldo en la realidad. La administración de Barack Obama fue bastante blanda hacia los gobiernos latinoamericanos de izquierda, incluso Venezuela, mientras iba normalizándose la relación con Cuba. Y ahora no hay muchas evidencias de que el actual gobierno de Donald Trump quiera tomar otro camino.

La mayoría de los medios de comunicación en el mundo siguen teniendo también una postura muy blanda hacia los acontecimientos en Venezuela. De hecho extraña como, no obstante este país sea normalmente un blanco fácil por parte de muchos medios occidentales, en este momento, con manifestaciones y enfrentamientos diarios, no alcance una cobertura masiva.

Este no ha sido el caso de CNN, que ha estado peleando con el gobierno de Maduro desde su nombramiento y que ha acusado recientemente al gobierno venezolano de emitir alrededor de diez mil pasaportes falsos para ciudadanos sirios e iraníes. Jugando a la “amenaza del terrorismo islámico”, la información ha sido considerada como poco confiable.

Parte de la oposición venezolana también parece aprovecharse de esta inconsistente comparación marcada por consideraciones ideológicas y geopolíticas. Hace pocas semanas, miembros de la línea dura de la oposición venezolana, probablemente emocionados por el castigo de Trump a Siria con el lanzamiento de los 59 misiles Tomahawk, acusaron sin algún fundamento a Maduro de usar armas químicas contra su propia población.

Tanto las similitudes como las comparaciones con el caso de Siria sólo parecen obstaculizar los intentos de los venezolanos de superar una situación económica y política ya insostenible. Al igual que en Siria, el camino de Venezuela al desastre no es culpa de algún agente externo y, como en Siria en 2011, las protestas son reales. Ver más en: (Los efectos de la crisis venezolana en Colombia)

Maduro, que señala a la oposición política y a los manifestantes como fuerzas “terroristas”, en las ultimas semanas ha aumentado el salario de los funcionarios públicos y propuso armar a los colectivos. Políticas muy similares a las que fueron implementadas en Siria por Bashar al-Asad desde 2011. Pero, afortunadamente para todos los venezolanos, Maduro no es Al-Asad y Venezuela no es Siria.

Las interpretaciones “sirias” de ambos lados sólo pueden servir para fomentar rígidas interpretaciones ideológicas alejadas de la realidad, útiles solo para fragmentar aún más un país ya fuertemente polarizado.